Hace unas semanas que volví de Portugal.
A pesar del terror de mis padres y sus nefastos augurios mi partenaire y yo decidimos ir en coche, conducido por mí, of course.
Braga es Portugal en pequeñito. Hay paz y tranquilidad por doquier salvo que no tengas ojos en la cara. Si vas a Braga y no tienes ojos en la cara escogerás entre la docena de hostales el que tiene una iglesia con campanario enfrente. A las ocho de la mañana de un día cualquiera de mis vacaciones, en una habitación del hostal noloencontrémásbarato, Braga dejó de parecerme un nido de calma y sosiego. El dingdong, un aparato extraño adosado a la ventana que de vez en cuando intentaba comunicarse con sonidos guturales y unas cuantas hormigas que al grito de "Es una fiessshhta!" quisieron dormir conmigo son mis principales recuerdos de Braga.
Estuve en el Paço de los Duques de Bragança. No sé si en el siglo XV estaría decorado igual pero me quedó la impresión de que sus dueños, además de dineros, tenían cultura y buen gusto. Enormes jarrones chinos, grandes platos y ensaladeras decorados a mano, muebles asiáticos unos, portugueses otros, tapices kilométricos... Un montón de salas, todas con su chimenea a veces incluso dos. En algunas había ventanucos de madera que daban a otras habitaciones o a la entrada o a las caballerizas, para ver quién acababa de llegar. Esquivando italianos y japoneses me deleité todo lo que quise imaginando a damas y caballeros pasar a mi lado, comiendo en las mesas de los banquetes, leyendo en los asientos de piedra que había en casi todas las ventanas... Ví un vestido de la época con el que elegantemente posaba una maniquí. Siempre me sorprende el generoso escote y que la Iglesia no tuviese nada que decir. Mmmm... ¿sería más fácil recriminar a una campesina? No sé exactamente la razón pero me choca teniendo en cuenta que no hace tantas décadas las mujeres no podían ir ni en manga corta a misa.
Oporto es viejo. Un viejo fumando mientras mira el río. Sus edificios tienen todos, monumentos incluídos, la misma pinta de ahumados, con la cara tiznada y los balcones oxidados. Es además un batiburrillo de calles y callejones imposibles de recorrer siguiendo el mapa sin perderse tres o cuatro veces. A mí me parece encantador. Me gusta su disfraz de ciudad de otro tiempo. Me fascina encontrar tanta gente negra (sí, yo digo negro salvo que al negro en cuestión le moleste). En mi ciudad, unos 100 mil habitantes, no hay muchos negros. Los que me encuentro en el campus son estudiantes o profesores pero los otros suelen ir con la manta y los cd's a cuestas. Allí pude ver gente totalmente integrada. Llevando a los niños al parque, trabajando en tiendas, en bares, en edificios públicos. Allí son población portuguesa. Seguramente me estoy explicando fatal... En fin, que fue agradable. Para un neoyorquino ésto será una chorrada porque allí es habitual, repito que dónde yo vivo no.
Imagínate un mediodía abrasador. La cabeza humeante. El ánimo fluctuante después de perderte y encontrarte media docena de veces mientras no puedes evitar andar en círculos. Intentas una y otra vez infructuosamente encontrar alguno de esos numeritos del mapa que simbolizan monumentos pero en el mundo real sólo ves indicadores de hoteles que no puedes (ni querrías) pagar. Por fin un monumento se alza a tus pies. La "Torre dos Clérigos". Bien, tenemos una torre. Por fuera se ve rápido. Entremos. Escaleras claro, ¿qué va a haber dentro de una torre? Bueno, por lo menos no hay cartel de precios, es gratis, subamos. Entonces oímos una voz: "dois euros". 225 escalones de subida, 225 de bajada y 4 euros menos después, la vida era menos bella.
Resumen de lo acontecido:
- Tuvimos que salir de la ciudad (2 veces) para mover el coche 200 metros.
- Un día nos quedamos sin cenar porque en Portugal los horarios son differents y a las diez de la noche cierran las cocinas de los bares, salvo contadas excepciones.
- No suelen tener ColaCao, "nem nada parecido". Ni en bares ni en tiendas. Producto exótico, vaya.
- Pelis y series en tv en versión original. Yo creo que son unos frikis culturetas. Mi novio que no hay presupuesto ni ganas de trabajar.
-Cuando volvíamos para Galicia nos secuestraron el coche con todas las compras y regalitos en un centro comercial. Nos presentaron a uno de seguridad que ya no trabajaba allí (¿?) y cuando yo estaba a punto de llamar a mi papá los secuestradores soltaron a mi pequeñín en la otra planta del parking. Curiosamente era idéntica a la planta suplantadora en la que infructuosamente lo buscábamos ¬¬
En definitiva y aún así, Portugal me mola :)
P.D. Muchas gracias a los que me pedían que escribiera :)_ aún se me está cayendo la baba.
A pesar del terror de mis padres y sus nefastos augurios mi partenaire y yo decidimos ir en coche, conducido por mí, of course.
Braga es Portugal en pequeñito. Hay paz y tranquilidad por doquier salvo que no tengas ojos en la cara. Si vas a Braga y no tienes ojos en la cara escogerás entre la docena de hostales el que tiene una iglesia con campanario enfrente. A las ocho de la mañana de un día cualquiera de mis vacaciones, en una habitación del hostal noloencontrémásbarato, Braga dejó de parecerme un nido de calma y sosiego. El dingdong, un aparato extraño adosado a la ventana que de vez en cuando intentaba comunicarse con sonidos guturales y unas cuantas hormigas que al grito de "Es una fiessshhta!" quisieron dormir conmigo son mis principales recuerdos de Braga.
Estuve en el Paço de los Duques de Bragança. No sé si en el siglo XV estaría decorado igual pero me quedó la impresión de que sus dueños, además de dineros, tenían cultura y buen gusto. Enormes jarrones chinos, grandes platos y ensaladeras decorados a mano, muebles asiáticos unos, portugueses otros, tapices kilométricos... Un montón de salas, todas con su chimenea a veces incluso dos. En algunas había ventanucos de madera que daban a otras habitaciones o a la entrada o a las caballerizas, para ver quién acababa de llegar. Esquivando italianos y japoneses me deleité todo lo que quise imaginando a damas y caballeros pasar a mi lado, comiendo en las mesas de los banquetes, leyendo en los asientos de piedra que había en casi todas las ventanas... Ví un vestido de la época con el que elegantemente posaba una maniquí. Siempre me sorprende el generoso escote y que la Iglesia no tuviese nada que decir. Mmmm... ¿sería más fácil recriminar a una campesina? No sé exactamente la razón pero me choca teniendo en cuenta que no hace tantas décadas las mujeres no podían ir ni en manga corta a misa.
Oporto es viejo. Un viejo fumando mientras mira el río. Sus edificios tienen todos, monumentos incluídos, la misma pinta de ahumados, con la cara tiznada y los balcones oxidados. Es además un batiburrillo de calles y callejones imposibles de recorrer siguiendo el mapa sin perderse tres o cuatro veces. A mí me parece encantador. Me gusta su disfraz de ciudad de otro tiempo. Me fascina encontrar tanta gente negra (sí, yo digo negro salvo que al negro en cuestión le moleste). En mi ciudad, unos 100 mil habitantes, no hay muchos negros. Los que me encuentro en el campus son estudiantes o profesores pero los otros suelen ir con la manta y los cd's a cuestas. Allí pude ver gente totalmente integrada. Llevando a los niños al parque, trabajando en tiendas, en bares, en edificios públicos. Allí son población portuguesa. Seguramente me estoy explicando fatal... En fin, que fue agradable. Para un neoyorquino ésto será una chorrada porque allí es habitual, repito que dónde yo vivo no.
Imagínate un mediodía abrasador. La cabeza humeante. El ánimo fluctuante después de perderte y encontrarte media docena de veces mientras no puedes evitar andar en círculos. Intentas una y otra vez infructuosamente encontrar alguno de esos numeritos del mapa que simbolizan monumentos pero en el mundo real sólo ves indicadores de hoteles que no puedes (ni querrías) pagar. Por fin un monumento se alza a tus pies. La "Torre dos Clérigos". Bien, tenemos una torre. Por fuera se ve rápido. Entremos. Escaleras claro, ¿qué va a haber dentro de una torre? Bueno, por lo menos no hay cartel de precios, es gratis, subamos. Entonces oímos una voz: "dois euros". 225 escalones de subida, 225 de bajada y 4 euros menos después, la vida era menos bella.
Resumen de lo acontecido:
- Tuvimos que salir de la ciudad (2 veces) para mover el coche 200 metros.
- Un día nos quedamos sin cenar porque en Portugal los horarios son differents y a las diez de la noche cierran las cocinas de los bares, salvo contadas excepciones.
- No suelen tener ColaCao, "nem nada parecido". Ni en bares ni en tiendas. Producto exótico, vaya.
- Pelis y series en tv en versión original. Yo creo que son unos frikis culturetas. Mi novio que no hay presupuesto ni ganas de trabajar.
-Cuando volvíamos para Galicia nos secuestraron el coche con todas las compras y regalitos en un centro comercial. Nos presentaron a uno de seguridad que ya no trabajaba allí (¿?) y cuando yo estaba a punto de llamar a mi papá los secuestradores soltaron a mi pequeñín en la otra planta del parking. Curiosamente era idéntica a la planta suplantadora en la que infructuosamente lo buscábamos ¬¬
En definitiva y aún así, Portugal me mola :)
P.D. Muchas gracias a los que me pedían que escribiera :)_ aún se me está cayendo la baba.



