14 de junio de 2009

Suspenso en matemáticas

El hecho, totalmente verídico, acontece mediada la década de los 80, en un pintoresco bar de vinos y comidas del casco antiguo de una ciudad de provincias.

Personajes:
-Pepe, el inalterable y sereno barman del local.
-"El espabilao", un aletargado cliente habitual, en permanente estado de ensimismamiento susurrante.
-"El sistema", hombre atrapado en el bucle sin fin de dar vueltas y más vueltas alrededor de las mesas.
-"El ministro", renqueante personaje de elevadas aspiraciones intelectuales.

Sentado en la barra, el ministro evalúa críticamente el panorama y con expresión de inmensa congoja sentencia:
-"Pepe, estamos en minoría democrática."


El que lo entienda que me lo cuente. De momento con el absurdo me he echado unas buenas risas.

11 de junio de 2009

G de Gatetta


Las calles serán mías de nuevo...
y la venganza será terrible.

9 de junio de 2009

Simon's sister's dog

Resulta que ya no es que esté rotunda, es que se me está poniendo un culo como una plaza de toros así que... habemus dieta (bueno, pero con chocolate).

Para celebrarlo un vídeo del de Simon's cat (yo hago lo mismo) :


video

4 de junio de 2009

El malvado Carabel (post sólo apto para lectores ávidos)

De Wenceslao Fernández Flórez, en 1931.

Amaro Carabel, tras ser despedido injustamente, decide convertirse en delicuente, convencido de que su honradez y bondad sólo pueden traerle desgracias. He aquí uno de sus múltiples intentos.

Nunca se supo como Amaro Carabel llegó a apoderarse de la caja de caudales de la Sociedad de Seguros mutuos "La Precaución" (...) La policía supuso que fueron varios los ladrones; pero puede afirmarse que únicamente Carabel acometió una hazaña para la que, en verdad, era precisa una fuerza muscular extraordinaria, porque la caja pesaba considerablemente y el esfuerzo de un individuo de tan escasas energías como Amaro sólo puede explicarse después de haber leído las teorías de Tomás de Quincey acerca del crimen.

Carabel se encontró en la imposibilidad de abrir la fuerte arca de hierro. Excitado por tan desgraciada incapacidad, concibió una desesperada idea: la de arrojar la caja desde la altura de aquel quinto piso a un solar dominado por la terraza desde la fachada lateral. Así lo hizo, aunque tuvo que trabajar hora y media en llevar aquel armatoste hasta la balconada. Oyó el golpe y se retiró rápidamente, pensando "¡Se ha hecho polvo!". Pero cuando llegó a la calle y entró en el solar por el hueco de unas tablas podridas, vio con profundo disgusto que la caja estaba tan hermética como antes y que únicamente presentaba una abolladura en la esquina antero-inferior derecha (...).

Éste fue el principio de una serie de viscisitudes que no es posible referir muy detalladamente por el misterio en que Carabel ha querido conservar siempre los episodios de la aventura.

Sin embargo, en el cuaderno de cuentas de la tía Alodia, se puede leer la nota de un préstamo hecho aquellos días a su sobrino "para el pago del alquiler de una casita en el camino de Getafe"; lo que sugiere la sospecha de que Amaro llevó el caudal y el arca inseparable que lo contenía a alguna vieja vivienda de Madrid, donde intentó manipular sin atraer la curiosidad y los malos pensamientos de los hombres.

En el mismo cuaderno, (...) aparecen estos misteriosos renglones que, bajo nuestra responsabilidad , deben ser relacionados con el suceso:

Día 8.- Por adquisición de un martillo, 10 pesetas.
Día 12.- Por otro martillo mayor, 20 pesetas.
Día 16.- Por otro martillo más pesado, 40 pesetas.
Día 18.- Por un frasco de embrocación para los brazos y la espalda de Amaro, 5 pesetas.

Es muy difícil reconstituír exactamente la vida de Carabel en esa etapa. Puede afirmarse tan sólo que se notaba en él una gran preocupación durante el poco tiempo que permanecía con su familia, porque parecía atacado de un gran cansancio físico (...) Hablaba muy poco, y casi siempre para expresar ideas extrañas. Así, una noche en que el señor Ginesta leía en el "Alrededor del mundo" un relato de los esfuerzos y sacrificios que costó abrir el Canal de Suez, se vió interrumpido por una carcajada de Carabel, tan sarcásticamente despectiva que el lector se creyó en el caso de interrogarle acerca de su significación, sin que consiguiese de Amaro otra respuesta que la siguiente:
-¡Si no hubiese en el mundo nada más difícil de abrir que ese canalillo!...

Otra vez, luego de seguir atentamente las manipulaciones de su tía, que preparaba una caja de sardinas, le arrebató con brusquedad el abrelatas, lo contempló con una mirada ansiosa y lo arrojó después, al tejado, mientras murmuraba con amargura: "Sí..., sí; en teoría está bien..., pero tampoco sirve..."

Algunos indicios, penosamente recogidos aquí y acullá, pueden ser interpretados sin grandes dificultades. Se sabe que ofreció 25 pesetas al maquinista de la apisonadora que por aquellos días trabajaba en el arreglo de la carretera de Getafe, si se avenía a hacer pasar el cilindro sobre un bulto que él llevaría cuando los obreros se hubiesen retirado; proposición que el honrado individuo rechazó fríamente por temor a incurrir en responsabilidades, ya que, según dijo después, nada hay que despierte tantas ideas trágicas entre la gente del campo como una apisonadora. Numerosas veces, si han de creerse sus palabras, le habían tentado (...) para aplastar viejas que no querían morirse y niños que se habían obstinado en nacer. También los suicidas solían hacerle insinuaciones mientras miraban el ingente rodillo con ojos de gula.

Mucho tiempo después de tal época, cuando ardió en los barrios bajos un almacén de madera, Carabel, que se encontraba entre los curiosos, no pudo contener esta observación (...):
-En esa terrible hoguera es posible que se ablandasen las paredes de una caja de caudales, pero con un hornillo de antracita no se conseguiría más que calentarlas un poco. La antracita no vale para nada.

(...)

Cuarenta y ocho horas más tarde se oyó, cerca de la casita alquilada por Carabel en la soledad del campo, el estampido de un cartucho de dinamita. Al día siguiente, otra más fuerte detonación. Y en la madrugada de un domingo, otra, seis veces más estrepitosa, que hizo escapar a todos los pájaros de media legua a la redonda. Un sujeto que pasaba a mucha distancia, contó después, en la primera taberna que encontró en el camino, que había visto elevarse en el espacio un objeto de forma cúbica y volverse a abatir.

Finalmente, el tren de mercancias número 26, tropezó en la noche con algo que el maquinista creyó que era un piedra desprendida sobre la vía, en la línea férrea de Getafe. El tren arrastró, a topetazos, aquel trozo de roca, y lo lanzó por un terraplén. Este es el último detalle que figura en nuestras notas relacionadas con el robo de la caja de caudales.

(...)

El director general de Seguridad recibió la siguiente carta:
"Señor:
La caja de caudales de la sociedad de Seguros "La Precaución" está al pie de uno de los derrumbaderos de los Siete Picos (...). El rastro es fácil se ser hallado, porque al caer desde la cumbre la caja fue tronchando árboles y quebrando peñascos. No obstante, continúa más apretadamente cerrada que el nefasto día que la construyeron.
Si usted es un hombre justo, señor director, felicite al fabricante de esa caja. Y hágale también presente mi admiración, porque yo ignoro sus señas. ¡Qué hombre, qué grande hombre! He aquí un industrial que puede decirse que no roba el dinero de sus clientes. Me ha perjudicado, me ha hecho sufrir, creo poder afirmar sin exageraciones que acabó de arruinarme; pero le admiro. Su caja pudo siempre más que yo. La abandono porque el empeño de abrirla, que hasta ahora no fue más que obsesión, amenaza convertirse en locura. La última vez ya no empleé el fuego ni el hierro: la última vez me puse de rodillas para rogarle. Mi vida iba a ser una pugna entre esa caja y yo. En un momento de lucidez, decido alejar tal riesgo, avisando a usted el sitio donde se encuentra, bajo una ligera capa de tierra, ese prodigio de la industria. ¡Que se la lleven, que se la lleven!
Y hasta nunca más. -X."

26 de mayo de 2009

El junco trémulo

Hoy ha sido mi primera vez.
Me he estrenado. Así, con un par. Bueno, con eso y con una de Lexatin que me tomé a escondidas antes de salir de casa.

La cosa pintaba bien. Había practicado el fin de semana y los objetivos estaban cumplidos:
-Decidir que no me imaginaría a los oyentes desnudos por muy famoso que sea ese truco para hablar en público. Sería como darle una metralleta a mi imaginación, con la tapa de la lata de atún ya es suficientemente peligrosa. Como mucho y sólo en caso de extrema necesidad pensaría que les faltaba un calcetín.
-Decir especificidad sin tartamudear, todo seguido y sin comerme sílabas. No es tan fácil. Repetid en voz alta: especificidad
(¿Os ha salido? cagüen...)
-Levantarme con anticipación para convertir el desayunar-vestirse-peinarse en un ritual sanador-purificador-magnético-espiritual de inducción a mi parto dialéctico. Además había aprovechado para rogar a los dioses del software y del hardware que no sucumbieran hasta "después de" a esas orgías dionisíacas y enológicas, llenas de Sodoma y Gomorra de las que había oído hablar.
-Memorizar cúal era la flechita que había que pulsar para pasar diapositiva
(derecha, no abajo, derecha, no abajo)
-Posesión del papelito-chuleta.

No estaba muy orgullosa de ellos, pero esos son.

Recapitulación de los hechos: desayunar leeeentamente, jugar con el gato sano en la cama diez minutos, rascarle la barriga cinco minutos más, vestirme y ponerme los pantalones de siempre (esos que se me caen a un palmo del ombligo nada más levantarme), peinarme y usar precisamente ese día un producto nuevo para el pelo (parecía que me había lamido una vaca), visitar al gato hospitalizado en el cuarto de la lavadora y, como no, llegar tarde al repaso que le íbamos a dar antes de entrar en el aula.

Escaneo de la sala de tortura, mi cerebro registra dos puertas y un ventanal para posible huída, al profesor de Microbiología también lo detecta
(con lo bueno que está como para no hacerlo).
Qué subidón traigo, dios santo... Nos sentamos. Empieza otro grupo. Despliegue de tecnicismos, gráficas y tablas. Vamos a parecer de parvulario con mi fotito de la trucha arcoiris. Turno de preguntas. ¿¿Hay turno de preguntas?? NoOoOoOoooo... ains, déjate los dramatismos. Otro grupo a la palestra.

-Bueno, por lo menos los de mi grupo no se dan cuenta de que estoy atacada, -pienso mientras intento dejar de hiperventilar y relajar los abdominales, que los tenía pegados a las vértebras- de hecho, -me envalentono- igual nadie se da cuenta.

Me pasan la hoja de asistencia, mi compañera me ofrece un boli, yo le doy la hoja de nuevo, le cojo el boli, se me cae la tapa, le quito la hoja y después de darle vuelta y vuelta como si la estuviera haciendo a la plancha me pongo a garabatear lo que parece mi nombre.
Estoy disimulando jodidamente bien. Mi otro compañero, que por si no le ha bastado lo anterior ve mis manos aletear con estertores de paloma recién atropellada, sentencia:
- Estás nerviosa.

Toca otro grupo. "¿Voluntarios?". Nos miramos, miramos a un lado y otro, nos miramos...

-Vamos- digo. Sí, yo tampoco me lo creía. Me levanto y se me paran los pantalones en las caderas, ombligo al aire hasta el estrado.

Subo pantalones
media vuelta, ar!
bajo camiseta

Mira, parece un haiku.

- Bueeeeno, -nunca empecéis una exposición así- vamos a comentaros cómo mediante una PCR multiplex podemos...

Y así empecé. No me tembló la voz tanto como esperaba pero sí las manos, y encima lo veía cada vez que pasaba la diapositiva. Mis compañeros estaban mucho más relajados y camuflaron un poco esa aura de "estoy en bragas" que destilaba yo.
Turno de preguntas. Pregunta el profe algo sencillo (ésto lo supe después) expresado de mala manera. Silencio... Más silencio... El de mi derecha no se lo sabía, yo tampoco, miro a la de mi izquierda, sale mi parte canalla y dice bajito
(bajitobajito, que una es canalla pero no tanto):
-Esa es de tu parte, ¿no?.
Al final la sacaron entre ellos dos. Hizo dos preguntas más. Una directa para mí, facilita, y otra complicada en la que quedé como dios :)

¿Qué tal lleváis lo de hablar en público?

P.D. Tirso mejora. Está tan espabilado que va a haber que bajarle el calmante para que se esté más quietecito y la fractura cicatrize bien.

24 de mayo de 2009

Si llegamos a estar sin civilizar...

Me prometí a mí misma no escribir posts deprimentes, por lo menos más de dos seguidos, pero es que no me dejan.

El jueves por la noche, como casi siempre, dejé salir a mis gatos a la calle. Vivo en una urbanización más o menos tranquila y pesan más los pros que los contras del paseo nocturno. Algunos me llamarán irresponsable, hasta yo me siento así a veces, pero los considero animales salvajes en eterno proceso de domesticación y... disfrutan tanto oliendo cada hierbecilla, echando carreras, investigando, experimentando... Bueno, el caso es que Axel volvió al poco rato pero Tirso no. A las dos de la mañana yo ya estaba desesperada y hecha un mar de lágrimas porque adivina no soy pero tengo una intuición que ya la quisiera alguno de los que se anuncian en los periódicos. Además habían pasado cosas durante el día que me daban mala espina: un vecino había montado en cólera en medio de la calle porque su flamante SLK 230 tenía huellas de gato en el capó. Yo mirando los futuros girasoles de mi jardín, callada como una cobarde, y el tío diciendo que se los iba a cargar y cagándose en todo. No sé si sabía que yo lo estaba escuchando. Y es que parece que en cinco km a la redonda solo están mis gatos, que no ve que a la izquierda hay un montón de casas de dónde pueden venir otros gatos, y tampoco conoce la colonia de mininos que hay en unos bloques cercanos. Eran los míos y punto. No es que yo le esté "echando la culpa" a otros gatos, para nada, me importa una mierda su maldito y ostentoso coche, me importa un huevo su brillante capó. Lo que me importa es que se líe a escobazos con un animal, sea mío o no, que no sabe que hace mal por cuatro putas huellas. ¿Qué hará cuando se lo cague un pájaro? La calle no es de nadie y es de todos. ODIO a los que no son capaces de asimilar que el ser humano no es el dueño, amo y señor. A los que creen que tooodo debe de funcionar para hacerles la vida fácil y cómoda, sin tener en cuenta a los demás animales. Por otra parte digo yo que lo normal si tienes ese problema es ir a hablar con la dueña, se supone que somos civilizados.

A las dos salí de casa y recorrí todas las calles más cercanas, hasta me jodí un brazo rebuscando en los contenedores, pensé que ese tío, de haberle hecho algo, lo habría tirado en alguno. Y allí estaba yo, con un palito dándole a las bolsas, esperando que no cediera como un peluche. Horrible. Por cierto, no os recomiendo que hagáis eso, salir a esas horas solos. Yo soy una temeraria pero me llevé un buen susto. Me metí por una calle de los alrededores, medio rural, por decirlo de alguna manera, por la que sabía que solía ir Tirso de noche. Estaba pensando que no había una puñetera casa con luz, que estaba sola-sola y que no tenía más que un palito estúpido en caso de que hubiese algún problema. Me dije que un rato más y daría vuelta. Llegué a un garaje abandonado y me dió una angustia tremenda, se me aceleró el corazón y cuando quise dar vuelta veo que a pocos metros viene un tío andando súper deprisa. Vale, yo no soy un bellezón e iba de chándal pero a mí no me parece normal aquella velocidad. Era lo anterior a ir corriendo. Saqué el móvil y llamé a mi pareja. Empecé a hablar bien alto mientras me posicionaba detrás de un coche que había aparcado y el tío pasó mirándome. Cuando estaba a unos metros salí de allí a toda velocidad pero con dignidad, vamos, teniéndome que frenar para no echar a correr. Aún no había salido de la calle esa cuando miro atrás y allá que lo veo. Por suerte estaba a poca distancia de la urbanización, me metí hacia los chalets y él pasó de largo. Más adelante se volvió a mirarme. A lo mejor él pensó que yo era una chalada que actuaba extraño. Yo pienso lo mismo de él. ¿Por qué se metió por aquella calle para dar vuelta tan pronto? No le dió tiempo de entrar en ninguna casa, ni siquiera a hechar una meada (que no hacía falta ir por allí para hacerlo) ni... paso de pensar en eso, sólo os lo cuento para que penséis antes de hacer las cosas.

Bueno, el resultado es que no vi a mi gato, ni atropellado por las calles ni en los contenedores, lo que no sabía si era buena señal o no. Estuve hasta las cinco de la cama a la ventana. Sobre las cinco y media me asomé a la ventana de nuevo. Ninguna mancha negra con rabo-croqueta por los alrededores. Me puse a mirar la vela que había encendido hacía horas, que yo en dios no creo pero en fuerzas y energías y en los que ya no están pues sí. Me senté en el suelo e intenté concentrarme en otra cosa que no fuera su imagen, lo veía de todas las formas posibles. Recordaba imágenes e inventaba otras. Lo veía esperando pacientemente a que Axel acabara de comer para comer él después, aunque es el dominante y podría imponerse no lo hace. Lo veía atropellado en algún lugar, aún vivo y sin poder moverse. Lo veía saliendo a todo dar del cuarto de baño, porque lo había pillado, una vez más, bebiendo de la taza del váter, el muy cochino. Lo veía molido a palos. Haciendo equilibrios hasta subirse al estante más alto de la poco fiable estantería. No me importaba quedarme sin gato, es lo de menos lo que yo llorara o sufriera. Lo que me dolía era su dolor, el que podía pasar. Debe ser tan triste morir solo. Al final sólo quería que, de estar muerto, que no hubiera sufrido. A veces lloro tan amargamente que yo misma me sorprendo de que aún no sepa vivir en este mundo. Miré por la ventana de nuevo y lo llamé, con todos los sonidos que él conocía. Enseguida me contestó, estaba en la puerta aunque desde la ventana no podía verlo. Maulló, un sonido extraño. Bajé volando y le abrí la puerta. "Pasa, Tirso". "Tirso, a ver, hombre". "Tirso...". Y entró, dió dos pasos y se acostó. Fue tan horrible verlo cuando la luz lo iluminó. La forma de andar, medio arrastrando la pierna, su expresión, su actitud totalmente rendida. Me fije que tenía casi todas las uñas rotas. Mejor paso de ahondar en detalles. Le dí todos los besos que pude, con cuidado de no moverlo y llamé a urgencias. Las clínicas se rotan las urgencias. Por desgracia esa noche no le tocaba a mi veterinario habitual sino a un hijo de puta que no se quiso levantar de la cama a atenderme. En ese momento yo no sabía si tenía una pequeña fractura, alguna lesión interna, alguna vértebra machacada o si faltaban cinco minutos para que muriera. El tío dedujo que si estaba consciente no había problema y podía esperar. Todo ésto mientras oía sus maullidos al estar intentando levantarse. Yo sólo sé que ese imbécil hablaba con acento francés o algo parecido. Esta semana pienso enterarme qué clínica era la que atendía el jueves y que reze para que no tenga jefe. Bueno, que reze aunque no lo tenga.
Lo tuve que llevar a una clínica de las afueras, por suerte tengo coche, la policía no me dejó pasar un semáforo en rojo en una calle dónde no pasaba ni dios, y no había un puto sitio dónde dejar el coche cuando llegamos.
Por suerte sólo tiene un golpe en el abdomen y una cadera rota, podía haber sido mucho peor pero yo no paro de llorar. Por el golpe en la barriga se ve que no fue un atropello. Es un hematoma redondo y por eso y por el sitio me coincide perfectamente con una patada. Es posible que se cayera desde algún sitio y se golpeara con algo pero... yo estoy convencida que fue una persona. No creo que fuese ese vecino, pues no habría tardado cinco horas en llegar a mi casa a pesar de que tenía que parar cada tres pasos.

Si alguien cuenta que una persona le destrozó la mesa del jardín a golpes todos se harán cruces y exclamarán y... si dice que le pegó a su gato... no es para tanto. Si yo cuento que anduve cinco horas con la cadera rota, arrastrándome hasta llegar a mi casa saldré en los periódicos, si es un gato... pocos entenderán.

Estoy muy decepcionada, muy triste y tremendamente débil mentalmente. No sé si existirá el lugar en el que yo pueda vivir en paz. No sé si habrá un sitio lo suficientemente alejado.

Perdonadme, es una mierda de post pero o lo cuento o reviento.

13 de mayo de 2009

Lucha de Gigantes