De Wenceslao Fernández Flórez, en 1931.
Amaro Carabel, tras ser despedido injustamente, decide convertirse en delicuente, convencido de que su honradez y bondad sólo pueden traerle desgracias. He aquí uno de sus múltiples intentos.
Nunca se supo como Amaro Carabel llegó a apoderarse de la caja de caudales de la Sociedad de Seguros mutuos "La Precaución" (...) La policía supuso que fueron varios los ladrones; pero puede afirmarse que únicamente Carabel acometió una hazaña para la que, en verdad, era precisa una fuerza muscular extraordinaria, porque la caja pesaba considerablemente y el esfuerzo de un individuo de tan escasas energías como Amaro sólo puede explicarse después de haber leído las teorías de Tomás de Quincey acerca del crimen.
Carabel se encontró en la imposibilidad de abrir la fuerte arca de hierro. Excitado por tan desgraciada incapacidad, concibió una desesperada idea: la de arrojar la caja desde la altura de aquel quinto piso a un solar dominado por la terraza desde la fachada lateral. Así lo hizo, aunque tuvo que trabajar hora y media en llevar aquel armatoste hasta la balconada. Oyó el golpe y se retiró rápidamente, pensando "¡Se ha hecho polvo!". Pero cuando llegó a la calle y entró en el solar por el hueco de unas tablas podridas, vio con profundo disgusto que la caja estaba tan hermética como antes y que únicamente presentaba una abolladura en la esquina antero-inferior derecha (...).
Éste fue el principio de una serie de viscisitudes que no es posible referir muy detalladamente por el misterio en que Carabel ha querido conservar siempre los episodios de la aventura.
Sin embargo, en el cuaderno de cuentas de la tía Alodia, se puede leer la nota de un préstamo hecho aquellos días a su sobrino "para el pago del alquiler de una casita en el camino de Getafe"; lo que sugiere la sospecha de que Amaro llevó el caudal y el arca inseparable que lo contenía a alguna vieja vivienda de Madrid, donde intentó manipular sin atraer la curiosidad y los malos pensamientos de los hombres.
En el mismo cuaderno, (...) aparecen estos misteriosos renglones que, bajo nuestra responsabilidad , deben ser relacionados con el suceso:
Día 8.- Por adquisición de un martillo, 10 pesetas.
Día 12.- Por otro martillo mayor, 20 pesetas.
Día 16.- Por otro martillo más pesado, 40 pesetas.
Día 18.- Por un frasco de embrocación para los brazos y la espalda de Amaro, 5 pesetas.
Es muy difícil reconstituír exactamente la vida de Carabel en esa etapa. Puede afirmarse tan sólo que se notaba en él una gran preocupación durante el poco tiempo que permanecía con su familia, porque parecía atacado de un gran cansancio físico (...) Hablaba muy poco, y casi siempre para expresar ideas extrañas. Así, una noche en que el señor Ginesta leía en el "Alrededor del mundo" un relato de los esfuerzos y sacrificios que costó abrir el Canal de Suez, se vió interrumpido por una carcajada de Carabel, tan sarcásticamente despectiva que el lector se creyó en el caso de interrogarle acerca de su significación, sin que consiguiese de Amaro otra respuesta que la siguiente:
-¡Si no hubiese en el mundo nada más difícil de abrir que ese canalillo!...
Otra vez, luego de seguir atentamente las manipulaciones de su tía, que preparaba una caja de sardinas, le arrebató con brusquedad el abrelatas, lo contempló con una mirada ansiosa y lo arrojó después, al tejado, mientras murmuraba con amargura: "Sí..., sí; en teoría está bien..., pero tampoco sirve..."
Algunos indicios, penosamente recogidos aquí y acullá, pueden ser interpretados sin grandes dificultades. Se sabe que ofreció 25 pesetas al maquinista de la apisonadora que por aquellos días trabajaba en el arreglo de la carretera de Getafe, si se avenía a hacer pasar el cilindro sobre un bulto que él llevaría cuando los obreros se hubiesen retirado; proposición que el honrado individuo rechazó fríamente por temor a incurrir en responsabilidades, ya que, según dijo después, nada hay que despierte tantas ideas trágicas entre la gente del campo como una apisonadora. Numerosas veces, si han de creerse sus palabras, le habían tentado (...) para aplastar viejas que no querían morirse y niños que se habían obstinado en nacer. También los suicidas solían hacerle insinuaciones mientras miraban el ingente rodillo con ojos de gula.
Mucho tiempo después de tal época, cuando ardió en los barrios bajos un almacén de madera, Carabel, que se encontraba entre los curiosos, no pudo contener esta observación (...):
-En esa terrible hoguera es posible que se ablandasen las paredes de una caja de caudales, pero con un hornillo de antracita no se conseguiría más que calentarlas un poco. La antracita no vale para nada.
(...)
Cuarenta y ocho horas más tarde se oyó, cerca de la casita alquilada por Carabel en la soledad del campo, el estampido de un cartucho de dinamita. Al día siguiente, otra más fuerte detonación. Y en la madrugada de un domingo, otra, seis veces más estrepitosa, que hizo escapar a todos los pájaros de media legua a la redonda. Un sujeto que pasaba a mucha distancia, contó después, en la primera taberna que encontró en el camino, que había visto elevarse en el espacio un objeto de forma cúbica y volverse a abatir.
Finalmente, el tren de mercancias número 26, tropezó en la noche con algo que el maquinista creyó que era un piedra desprendida sobre la vía, en la línea férrea de Getafe. El tren arrastró, a topetazos, aquel trozo de roca, y lo lanzó por un terraplén. Este es el último detalle que figura en nuestras notas relacionadas con el robo de la caja de caudales.
(...)
El director general de Seguridad recibió la siguiente carta:
"Señor:
La caja de caudales de la sociedad de Seguros "La Precaución" está al pie de uno de los derrumbaderos de los Siete Picos (...). El rastro es fácil se ser hallado, porque al caer desde la cumbre la caja fue tronchando árboles y quebrando peñascos. No obstante, continúa más apretadamente cerrada que el nefasto día que la construyeron.
Si usted es un hombre justo, señor director, felicite al fabricante de esa caja. Y hágale también presente mi admiración, porque yo ignoro sus señas. ¡Qué hombre, qué grande hombre! He aquí un industrial que puede decirse que no roba el dinero de sus clientes. Me ha perjudicado, me ha hecho sufrir, creo poder afirmar sin exageraciones que acabó de arruinarme; pero le admiro. Su caja pudo siempre más que yo. La abandono porque el empeño de abrirla, que hasta ahora no fue más que obsesión, amenaza convertirse en locura. La última vez ya no empleé el fuego ni el hierro: la última vez me puse de rodillas para rogarle. Mi vida iba a ser una pugna entre esa caja y yo. En un momento de lucidez, decido alejar tal riesgo, avisando a usted el sitio donde se encuentra, bajo una ligera capa de tierra, ese prodigio de la industria. ¡Que se la lleven, que se la lleven!
Y hasta nunca más. -X."
Amaro Carabel, tras ser despedido injustamente, decide convertirse en delicuente, convencido de que su honradez y bondad sólo pueden traerle desgracias. He aquí uno de sus múltiples intentos.
Nunca se supo como Amaro Carabel llegó a apoderarse de la caja de caudales de la Sociedad de Seguros mutuos "La Precaución" (...) La policía supuso que fueron varios los ladrones; pero puede afirmarse que únicamente Carabel acometió una hazaña para la que, en verdad, era precisa una fuerza muscular extraordinaria, porque la caja pesaba considerablemente y el esfuerzo de un individuo de tan escasas energías como Amaro sólo puede explicarse después de haber leído las teorías de Tomás de Quincey acerca del crimen.
Carabel se encontró en la imposibilidad de abrir la fuerte arca de hierro. Excitado por tan desgraciada incapacidad, concibió una desesperada idea: la de arrojar la caja desde la altura de aquel quinto piso a un solar dominado por la terraza desde la fachada lateral. Así lo hizo, aunque tuvo que trabajar hora y media en llevar aquel armatoste hasta la balconada. Oyó el golpe y se retiró rápidamente, pensando "¡Se ha hecho polvo!". Pero cuando llegó a la calle y entró en el solar por el hueco de unas tablas podridas, vio con profundo disgusto que la caja estaba tan hermética como antes y que únicamente presentaba una abolladura en la esquina antero-inferior derecha (...).
Éste fue el principio de una serie de viscisitudes que no es posible referir muy detalladamente por el misterio en que Carabel ha querido conservar siempre los episodios de la aventura.
Sin embargo, en el cuaderno de cuentas de la tía Alodia, se puede leer la nota de un préstamo hecho aquellos días a su sobrino "para el pago del alquiler de una casita en el camino de Getafe"; lo que sugiere la sospecha de que Amaro llevó el caudal y el arca inseparable que lo contenía a alguna vieja vivienda de Madrid, donde intentó manipular sin atraer la curiosidad y los malos pensamientos de los hombres.
En el mismo cuaderno, (...) aparecen estos misteriosos renglones que, bajo nuestra responsabilidad , deben ser relacionados con el suceso:
Día 8.- Por adquisición de un martillo, 10 pesetas.
Día 12.- Por otro martillo mayor, 20 pesetas.
Día 16.- Por otro martillo más pesado, 40 pesetas.
Día 18.- Por un frasco de embrocación para los brazos y la espalda de Amaro, 5 pesetas.
Es muy difícil reconstituír exactamente la vida de Carabel en esa etapa. Puede afirmarse tan sólo que se notaba en él una gran preocupación durante el poco tiempo que permanecía con su familia, porque parecía atacado de un gran cansancio físico (...) Hablaba muy poco, y casi siempre para expresar ideas extrañas. Así, una noche en que el señor Ginesta leía en el "Alrededor del mundo" un relato de los esfuerzos y sacrificios que costó abrir el Canal de Suez, se vió interrumpido por una carcajada de Carabel, tan sarcásticamente despectiva que el lector se creyó en el caso de interrogarle acerca de su significación, sin que consiguiese de Amaro otra respuesta que la siguiente:
-¡Si no hubiese en el mundo nada más difícil de abrir que ese canalillo!...
Otra vez, luego de seguir atentamente las manipulaciones de su tía, que preparaba una caja de sardinas, le arrebató con brusquedad el abrelatas, lo contempló con una mirada ansiosa y lo arrojó después, al tejado, mientras murmuraba con amargura: "Sí..., sí; en teoría está bien..., pero tampoco sirve..."
Algunos indicios, penosamente recogidos aquí y acullá, pueden ser interpretados sin grandes dificultades. Se sabe que ofreció 25 pesetas al maquinista de la apisonadora que por aquellos días trabajaba en el arreglo de la carretera de Getafe, si se avenía a hacer pasar el cilindro sobre un bulto que él llevaría cuando los obreros se hubiesen retirado; proposición que el honrado individuo rechazó fríamente por temor a incurrir en responsabilidades, ya que, según dijo después, nada hay que despierte tantas ideas trágicas entre la gente del campo como una apisonadora. Numerosas veces, si han de creerse sus palabras, le habían tentado (...) para aplastar viejas que no querían morirse y niños que se habían obstinado en nacer. También los suicidas solían hacerle insinuaciones mientras miraban el ingente rodillo con ojos de gula.
Mucho tiempo después de tal época, cuando ardió en los barrios bajos un almacén de madera, Carabel, que se encontraba entre los curiosos, no pudo contener esta observación (...):
-En esa terrible hoguera es posible que se ablandasen las paredes de una caja de caudales, pero con un hornillo de antracita no se conseguiría más que calentarlas un poco. La antracita no vale para nada.
(...)
Cuarenta y ocho horas más tarde se oyó, cerca de la casita alquilada por Carabel en la soledad del campo, el estampido de un cartucho de dinamita. Al día siguiente, otra más fuerte detonación. Y en la madrugada de un domingo, otra, seis veces más estrepitosa, que hizo escapar a todos los pájaros de media legua a la redonda. Un sujeto que pasaba a mucha distancia, contó después, en la primera taberna que encontró en el camino, que había visto elevarse en el espacio un objeto de forma cúbica y volverse a abatir.
Finalmente, el tren de mercancias número 26, tropezó en la noche con algo que el maquinista creyó que era un piedra desprendida sobre la vía, en la línea férrea de Getafe. El tren arrastró, a topetazos, aquel trozo de roca, y lo lanzó por un terraplén. Este es el último detalle que figura en nuestras notas relacionadas con el robo de la caja de caudales.
(...)
El director general de Seguridad recibió la siguiente carta:
"Señor:
La caja de caudales de la sociedad de Seguros "La Precaución" está al pie de uno de los derrumbaderos de los Siete Picos (...). El rastro es fácil se ser hallado, porque al caer desde la cumbre la caja fue tronchando árboles y quebrando peñascos. No obstante, continúa más apretadamente cerrada que el nefasto día que la construyeron.
Si usted es un hombre justo, señor director, felicite al fabricante de esa caja. Y hágale también presente mi admiración, porque yo ignoro sus señas. ¡Qué hombre, qué grande hombre! He aquí un industrial que puede decirse que no roba el dinero de sus clientes. Me ha perjudicado, me ha hecho sufrir, creo poder afirmar sin exageraciones que acabó de arruinarme; pero le admiro. Su caja pudo siempre más que yo. La abandono porque el empeño de abrirla, que hasta ahora no fue más que obsesión, amenaza convertirse en locura. La última vez ya no empleé el fuego ni el hierro: la última vez me puse de rodillas para rogarle. Mi vida iba a ser una pugna entre esa caja y yo. En un momento de lucidez, decido alejar tal riesgo, avisando a usted el sitio donde se encuentra, bajo una ligera capa de tierra, ese prodigio de la industria. ¡Que se la lleven, que se la lleven!
Y hasta nunca más. -X."

2 dijeron miau:
Pero qué bueno!! Hasta me he reído en voz alta y todo^^ Así da gusto descansar del estudio, oyes. Mola!
Por cierto, pobre gatico... Espero que ya esté mejor... :SS Hay mucho cabrón suelto ¬¬U
¡Me ha alegrado un montón tu comentario! jajaj es que estaba pensando que menudo exitazo había tenido mi post literario, que no comentaba nadie. Pondré algo así de vez en cuando, quizás más corto. Se ve que estás estudiando muy mucho... que la fuerza te acompañe :)
Gracias, Zorro, el gato ya casi no cojea, aunque correr y saltar no lo hará en unas semanitas se va recuperando muy bien.
Publicar un comentario en la entrada