lunes, 25 de marzo de 2013

Me gustan los lunes: Fox y Cat

Vale, me he inventado los nombres, y no me ha matado la originalidad, es cierto. 

Probablemente ya conocéis la historia desde el otoño pasado, como yo. Me encantan los gatos, y me encantan los zorros, y varias veces estuve a punto de presentarlos aquí, pero me decía "Bah, ya han salido en muchos sitios, mejor paso". Y cada vez que me cruzaba con su imagen me salía una sonrisa y me lo volvía a plantear. 

Y nada, que al final no he podido evitarlo, son absolutamente encantadores y me han vencido.

Se trata de un zorro y un gato que se conocieron en las orilla del lago Van, en Turquía. Ambos se alimentan de los restos de peces que dejan los pescadores. Os dejo las imágenes, que a mí me llenan de ternura, y más abajo un vídeo, donde se les ve jugando.  Me encanta la foto donde ambos salen corriendo.









lunes, 11 de marzo de 2013

Me gustan los lunes: Pak Mie y Lilica

Hoy vamos a hacer un dos por uno. 

Gracias a Blanca he podido ver este vídeo que cuelgo más abajo. Habla de al historia de Mohammad Azmi, llamado también Pak Mie, que junto a su esposa ha rescatado a más de 600 perros y gatos callejeros, en Alor Setar, Malasia.  

Sin demasiados recursos consigue dar refugio, alimentos y atención veterinaria a sus animales. 

  A Stray Hero from Hisyam on Vimeo.

 
Está intentado que su hijo continúe su labor cuando ellos falten. Es él quien gestiona el blog del refugio y su página de Facebook.  Podéis ver aquí una entrada en el blog donde prueban una silla de ruedas a un perro que no tiene movilidad en las patas traseras.


La otra historia la protagoniza Lilica. Apareció un día en un gran depósito de chatarra en Sao Carlos, Brasil. Nellie, que vive dentro del depósito se empezó a hacer cargo de ella y Lilica pasó a formar parte de su gran familia: perros, gatos, gallinas... Todos viviendo en una situación de pobreza.

Lilica se quedó preñada y trajo al mundo a ocho cachorros. Cuando la comida empezó a escasear desarrolló la costumbre de salir a buscar algo de comer por las noches. Al principio traía para sus cachorros pero después de que éstos fueron dados en adopción siguió con su costumbre de traer comida y compartirla con los demás animales de la casa.



¿Y de dónde sacaba la comida Lilica? Tuvo la suerte, hace ya tres años, de que en una de sus búsquedas nocturnas se encontrara con Lucía, una mujer que lleva 30 años alimentando animales callejeros. Lucía le llevaba de comer en una bolsa, Lilica iniciaba su viaje desde el depósito y todos los días sobre las nueve de la noche se encontraban. 

Una noche Lilica intentó llevarse la llevarse la bolsa con los restos de comida y se le calló todo por el suelo. Lucía empezó a atarle la bolsa una vez ella había acabado, así la perrita iniciaba su viaje de vuelta a casa, con la bolsa bien agarrada en el morro. Lucía decidió seguirla una noche y así se conocieron ella y Nellie.

Aquí el vídeo de la historia:




A veces en el mundo pasan cosas bonitas y esperanzadoras :)


miércoles, 6 de marzo de 2013

Underwater dogs

Suena "Sólo quiero que te mueras", de Los Tronchapenkas (jijiji)

Tras mi combustión en el último post me han entrado las dudas de si puedo implicar a la protectora de la que soy voluntaria y he decidido borrarlo. Por otra parte me sirve de terapia personal. Tengo que aprender a que las cosas me afecten menos.

En definitiva, que paso página y para cargarnos de energía positiva pongo unas fotos que tenía hace tiempo guardadas. Se trata de imágenes subacuáticas de perros jugando en el agua. Son un trabajo del fotógrafo Seth Casteel y se reúnen en el libro Underwater dogs.  ¡Son tremendas!

Disfrutadlas. Y gracias por el apoyo en la anterior entrada ;)












sábado, 2 de marzo de 2013

Animales en el arte: Sepúlveda y su gato Zorbas

 Suena Capitán, de Miss Cafeína.

"Aquí yace el más noble de los gatos. Escúchale ronronear."

El chileno Luís Sepúlveda es uno de mis escritores favoritos, ecologista y solidario como pocos. Es famosa su novela "Un viejo que leía novelas de amor", texto inspirado en su convivencia con los indios Shuar que destila un enorme amor por la naturaleza al tiempo que critica la destrucción de la Amazonia. Sin embargo del libro que quiero hablaros es "Historia de una gaviota y el gato que le enseñó a volar".

Suelen calificarla como de género infantil pero como dice su portada se trata de un libro para jóvenes de 8 a 88 años. En él leemos cómo una gaviota que se ve atrapada en el mar por un vertido de petróleo consigue llegar al balcón donde está Zorbas, un gato grande, negro y gordo (como mi T.). Allí deja un huevo y, antes de morir, le hace prometer a Zorbas que no se lo comerá, que lo cuidará y que le enseñará a volar. Es una historia tierna, divertida y dulce que a mí me encantó leer. 

El gato Zorbas existió, era su gato. Sobre él escribió el siguiente relato. Espero que os guste tanto como a mí. 

"El amor y la muerte", de Luís Sepúlveda.
Por la mañana el cartero me entregó un paquete. Lo abrí. Era el primer ejemplar de una novela que escribí pensando en mis tres hijos pequeños. Sebastián, que tiene once años, y los gemelos Max y León, que tienen ocho.

Escribirla fue un acto de amor hacia ellos, hacia una ciudad en la que fuimos intensamente felices, Hamburgo, y hacia el personaje  central, el gato Zorbas, un gato grande, negro y gordo que ha sido nuestro compañero de sueños, cuentos y aventuras durante muchos años.

Justamente cuando el cartero me entregaba ese primer ejemplar de la novela y yo sentía la dicha de ver mis palabras en el orden meticuloso de sus paginas, Zorbas estaba siendo examinado por un veterinario, aquejado de una enfermedad que primero lo torno inapetente, triste, mustio, y que finalmente le dificulto dramáticamente la respiración. Por la tarde fui a buscarlo y escuché el terrible dictamen: lo siento, pero el gato tiene un cáncer pulmonar muy avanzado.

Los párrafos finales de la novela hablan de los ojos de un gato noble, de un gato bueno, de un gato de puerto, porque Zorbas es todo eso y mucho más. Llegó a nuestras vidas justo cuando Sebastián nacía y, con el tiempo, de nuestro gato paso a ser un compañero más, un querido compañero de cuatro patas y melódico ronronear.

Amamos ese gato, y en nombre de ese amor tuve que reunir a mis hijos para hablarles de la muerte.

Hablarles de la muerte a ellos que son mi razón de vivir. A ellos, tan pequeños, tan puros, tan ingenuos, tan confiados, tan nobles, tan generosos. Luché con las palabras buscando las más adecuadas para explicarles dos terribles verdades.

La primera, que Zorbas, por una ley que no inventamos y  la que sin embargo debemos someternos aún  a costa de nuestro orgullo, moriría, como todo y como todos. La segunda, que de nosotros dependía evitarle una muerte atroz dolorosa, porque el amor no sólo consiste en lograr la felicidad del ser que amamos, sino también en evitarles sufrimientos y preservar su dignidad.

Sequé que las lágrimas de mis hijos me acompañaran toda la vida. Qué pobre y miserable me sentí ante su indefensión. Qué débil me ví ante la imposibilidad de compartir su justa ira, sus rechazos, sus cantos a la vida, sus imprecaciones a un Dios que, por ellos y sólo por ellos, tendría en mí a un creyente, sus esperanzas invocadas con toda la pureza de los hombres en su mejor estado.

¿Es la moral un atributo o una invención de los hombres? ¿Cómo explicarles que teníamos el deber de preservar la dignidad y entereza de ese explorador de los techos, aventurero de jardines, terror de las ratas, trepador de castaños, pendenciero de patios a la luz de la luna, habitante definitivo de nuestras conversaciones y de nuestros sueños?

¿Cómo explicarles que hay enfermedades que precisan del calor y la compañía de los sanos pero que hay otras que son pura agonía, pura indigna y terrible agonía, cuyo único signo de vida es el deseo vehemente de morir?

¿Y cómo responder al drástico “por qué él”? Si, ¿Por qué él? Nuestro compañero de paseos en la Selva Negra. ¡Que gato tan loco! murmuraba la gente al verlo correr junto a nosotros, o montado en la perilla de una bicicleta. ¿Por qué él? Nuestro gato de mar que navegó con nosotros en un velero por las aguas de Kattegat. Nuestro gato que, apenas abría la puerta del auto era el primero en subir, feliz ante la idea de viajar. ¿Por qué él? ¿De que me vale todo lo vivido si no tuve una respuesta para esa pregunta?

Hablamos rodeando a Zorbas, que nos escuchaba con los ojos cerrados, confiando en nosotros, como siempre. Cada palabra entrecortada por el llanto cayó sobre su piel negra. Acariciándolo, reafirmándole que estábamos con él, diciéndole que, ese amor que nos unía, nos conducía a la mas dolorosa de las determinaciones.

Mis hijos, mis pequeños compañeros, mis pequeños hombres, mis pequeños tiernos y duros hombres murmuraron el sí, que Zorbas reciba esa inyección que lo hará dormir, soñar con un mundo sin nieve y con perros amables, con techos amplios y asoleados, con árboles infinitos. Desde la copa de alguno nos mirará para recordarnos que él nunca nos olvida.

Es de noche cuando escribo. Zorbas, que apenas respira, descansa en mis pies. Su piel brilla bajo la luz de la lampara. Lo acaricio con tristeza e impotencia. El es testigo de tantas noches de escritura, de tantas páginas. He compartido con él la soledad y el vacío que llega tras poner el punto final a una novela. Le he recitado mis dudas y los poemas que pienso escribir algún día.

Zorbas, Mañana, por amor, habremos perdido a un gran compañero.

P.D. Zorbas reposa al pie de un castaño, en Baviera. Mis hijos hicieron una lápida de madera y en ella se lee: “Zorbas. Hamburgo 1984—Vilsheim 1996. Peregrino: aquí yace el más noble de los gatos. Escúchale ronronear.»


No conseguí encontrar una imagen real de Zorbas, pero buscándola me encontré en la web del santuario de animales de El hogar de Luci este gato:


A él le llamaron Zorbas porque es igual de noble. Sus dueños tuvieron la feliz idea de abandonarlo en un rotonda. Estuvo tres años en esa rotonda esperándolos, hasta que la mujer que lo alimentaba se lo encontró malherido y pudo rescatarlo. Ahora está en el santuario, con gente que sí le quiere. 

P.D. ¡Ah! Se me olvidaba: Kitty, a la que os presentaba aquí, tiene un hogar. Sus futuros adoptantes vinieron a conocerla mientras estaba en mi casa (un argentino, una italiana y una niñita preciosa) y el lunes pasado se la llevaron. Estuve de llorera el resto del día y parte del siguiente porque era un encanto de gata. Pasamos muchos ratos las dos tiradas en la cama. Cuando se la llevó el adoptante se dió la vuelta en el transportin y se quedó mirándome mientras se alejaba. Se me partió el corazoncillo en dos. Ahora me han contado que anda con soltura por toda la casa, que no molesta a la tortuga ni a los peces y que están muy contentos con ella. Mi corazón ahora sonríe.