sábado, 2 de marzo de 2013

Animales en el arte: Sepúlveda y su gato Zorbas

 Suena Capitán, de Miss Cafeína.

"Aquí yace el más noble de los gatos. Escúchale ronronear."

El chileno Luís Sepúlveda es uno de mis escritores favoritos, ecologista y solidario como pocos. Es famosa su novela "Un viejo que leía novelas de amor", texto inspirado en su convivencia con los indios Shuar que destila un enorme amor por la naturaleza al tiempo que critica la destrucción de la Amazonia. Sin embargo del libro que quiero hablaros es "Historia de una gaviota y el gato que le enseñó a volar".

Suelen calificarla como de género infantil pero como dice su portada se trata de un libro para jóvenes de 8 a 88 años. En él leemos cómo una gaviota que se ve atrapada en el mar por un vertido de petróleo consigue llegar al balcón donde está Zorbas, un gato grande, negro y gordo (como mi T.). Allí deja un huevo y, antes de morir, le hace prometer a Zorbas que no se lo comerá, que lo cuidará y que le enseñará a volar. Es una historia tierna, divertida y dulce que a mí me encantó leer. 

El gato Zorbas existió, era su gato. Sobre él escribió el siguiente relato. Espero que os guste tanto como a mí. 

"El amor y la muerte", de Luís Sepúlveda.
Por la mañana el cartero me entregó un paquete. Lo abrí. Era el primer ejemplar de una novela que escribí pensando en mis tres hijos pequeños. Sebastián, que tiene once años, y los gemelos Max y León, que tienen ocho.

Escribirla fue un acto de amor hacia ellos, hacia una ciudad en la que fuimos intensamente felices, Hamburgo, y hacia el personaje  central, el gato Zorbas, un gato grande, negro y gordo que ha sido nuestro compañero de sueños, cuentos y aventuras durante muchos años.

Justamente cuando el cartero me entregaba ese primer ejemplar de la novela y yo sentía la dicha de ver mis palabras en el orden meticuloso de sus paginas, Zorbas estaba siendo examinado por un veterinario, aquejado de una enfermedad que primero lo torno inapetente, triste, mustio, y que finalmente le dificulto dramáticamente la respiración. Por la tarde fui a buscarlo y escuché el terrible dictamen: lo siento, pero el gato tiene un cáncer pulmonar muy avanzado.

Los párrafos finales de la novela hablan de los ojos de un gato noble, de un gato bueno, de un gato de puerto, porque Zorbas es todo eso y mucho más. Llegó a nuestras vidas justo cuando Sebastián nacía y, con el tiempo, de nuestro gato paso a ser un compañero más, un querido compañero de cuatro patas y melódico ronronear.

Amamos ese gato, y en nombre de ese amor tuve que reunir a mis hijos para hablarles de la muerte.

Hablarles de la muerte a ellos que son mi razón de vivir. A ellos, tan pequeños, tan puros, tan ingenuos, tan confiados, tan nobles, tan generosos. Luché con las palabras buscando las más adecuadas para explicarles dos terribles verdades.

La primera, que Zorbas, por una ley que no inventamos y  la que sin embargo debemos someternos aún  a costa de nuestro orgullo, moriría, como todo y como todos. La segunda, que de nosotros dependía evitarle una muerte atroz dolorosa, porque el amor no sólo consiste en lograr la felicidad del ser que amamos, sino también en evitarles sufrimientos y preservar su dignidad.

Sequé que las lágrimas de mis hijos me acompañaran toda la vida. Qué pobre y miserable me sentí ante su indefensión. Qué débil me ví ante la imposibilidad de compartir su justa ira, sus rechazos, sus cantos a la vida, sus imprecaciones a un Dios que, por ellos y sólo por ellos, tendría en mí a un creyente, sus esperanzas invocadas con toda la pureza de los hombres en su mejor estado.

¿Es la moral un atributo o una invención de los hombres? ¿Cómo explicarles que teníamos el deber de preservar la dignidad y entereza de ese explorador de los techos, aventurero de jardines, terror de las ratas, trepador de castaños, pendenciero de patios a la luz de la luna, habitante definitivo de nuestras conversaciones y de nuestros sueños?

¿Cómo explicarles que hay enfermedades que precisan del calor y la compañía de los sanos pero que hay otras que son pura agonía, pura indigna y terrible agonía, cuyo único signo de vida es el deseo vehemente de morir?

¿Y cómo responder al drástico “por qué él”? Si, ¿Por qué él? Nuestro compañero de paseos en la Selva Negra. ¡Que gato tan loco! murmuraba la gente al verlo correr junto a nosotros, o montado en la perilla de una bicicleta. ¿Por qué él? Nuestro gato de mar que navegó con nosotros en un velero por las aguas de Kattegat. Nuestro gato que, apenas abría la puerta del auto era el primero en subir, feliz ante la idea de viajar. ¿Por qué él? ¿De que me vale todo lo vivido si no tuve una respuesta para esa pregunta?

Hablamos rodeando a Zorbas, que nos escuchaba con los ojos cerrados, confiando en nosotros, como siempre. Cada palabra entrecortada por el llanto cayó sobre su piel negra. Acariciándolo, reafirmándole que estábamos con él, diciéndole que, ese amor que nos unía, nos conducía a la mas dolorosa de las determinaciones.

Mis hijos, mis pequeños compañeros, mis pequeños hombres, mis pequeños tiernos y duros hombres murmuraron el sí, que Zorbas reciba esa inyección que lo hará dormir, soñar con un mundo sin nieve y con perros amables, con techos amplios y asoleados, con árboles infinitos. Desde la copa de alguno nos mirará para recordarnos que él nunca nos olvida.

Es de noche cuando escribo. Zorbas, que apenas respira, descansa en mis pies. Su piel brilla bajo la luz de la lampara. Lo acaricio con tristeza e impotencia. El es testigo de tantas noches de escritura, de tantas páginas. He compartido con él la soledad y el vacío que llega tras poner el punto final a una novela. Le he recitado mis dudas y los poemas que pienso escribir algún día.

Zorbas, Mañana, por amor, habremos perdido a un gran compañero.

P.D. Zorbas reposa al pie de un castaño, en Baviera. Mis hijos hicieron una lápida de madera y en ella se lee: “Zorbas. Hamburgo 1984—Vilsheim 1996. Peregrino: aquí yace el más noble de los gatos. Escúchale ronronear.»


No conseguí encontrar una imagen real de Zorbas, pero buscándola me encontré en la web del santuario de animales de El hogar de Luci este gato:


A él le llamaron Zorbas porque es igual de noble. Sus dueños tuvieron la feliz idea de abandonarlo en un rotonda. Estuvo tres años en esa rotonda esperándolos, hasta que la mujer que lo alimentaba se lo encontró malherido y pudo rescatarlo. Ahora está en el santuario, con gente que sí le quiere. 

P.D. ¡Ah! Se me olvidaba: Kitty, a la que os presentaba aquí, tiene un hogar. Sus futuros adoptantes vinieron a conocerla mientras estaba en mi casa (un argentino, una italiana y una niñita preciosa) y el lunes pasado se la llevaron. Estuve de llorera el resto del día y parte del siguiente porque era un encanto de gata. Pasamos muchos ratos las dos tiradas en la cama. Cuando se la llevó el adoptante se dió la vuelta en el transportin y se quedó mirándome mientras se alejaba. Se me partió el corazoncillo en dos. Ahora me han contado que anda con soltura por toda la casa, que no molesta a la tortuga ni a los peces y que están muy contentos con ella. Mi corazón ahora sonríe. 

9 comentarios:

  1. Ay, chica, q congoja más tonta. No puedo soportar q los gatos mueran. Me da por pensar en mi Ron y me desgarro por dentro.
    En fin, ya sabes. Sólo los q amamos a los animales así sentimos ciertas cosas.
    Un beso!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Normal que te emociones, yo acabé haciendo pucheros para que no se me escapara la lágrima (y no lo conseguí. Sin embargo es un texto que me gusta mucho por todo el amor que describe hacia su gato. Me enamora esa sensibilidad, y la dedicatoria me parece preciosa.

      Eliminar
    2. yupi por Kity!! seguro que ahora se acuerda de ti y sabe por qué se tuvo que ir. así que aquel momento triste mereció la pena. ahora tiene familia, la quieren, les quiere y tiene una oportunidad maravillosa para ser feliz.
      qué alegrías consigues darme, de verdad!!!

      Eliminar
  2. Qué bonito!
    Pero al igual que a Naar pensar en que mi gato pueda irse de mi lado me mata un poco.
    Tendré que leer el libro de la gaviota, lo pondré en mi lista.

    Piensa que tus lágrimas solo han traído alegrías, y que ojalá siempre sean por algo así.

    Besos, Blanki.

    ResponderEliminar
  3. ¡¡Me alegro por Kitty!! Cómo nos parte el corazón verlos marchar, menos mal que luego nos consuela saber que hemos hecho lo que debíamos.
    Por cierto, voy al próximo curso de voluntarios de El Hogar de Luci.. jeje, ¡¡qué casualidad!! Me acordaré de tí cuando conozca a Zorbas ;)

    ResponderEliminar
  4. Yo no sé si sería capaz de dar un gato que hubiera estado conmigo meses. Se necesita una madurez y una fortaleza que desde luego yo no tengo. No sabía que hacían cursos los del hogar de Luci, suena interesante. ¿Escribirás un post sobre la experiencia? ¡Si conoces a Zorbas hazle un mimito de mi parte!

    ResponderEliminar
  5. Que relato tan tierno y triste a la vez.
    La verdad es que no quiero pensar en que los mios me puedan faltar.
    Enhorabuena por Kitty, sé que me va a pasar parecido con mi acogida.
    Cariños

    ResponderEliminar