miércoles, 15 de abril de 2015

R, C y el miedo

Creo que voy a ponerle un subtítulo al blog, algo así como "Viscisitudes de una voluntaria de una protectora de animales como casa de acogida, intermediaria con adoptantes, administradora en las redes sociales para difusión de lo que toque, manipuladora de jaula trampa y un largo etc"

Me ha quedado un poco largo, quizás. 

R
R es una gata que una voluntaria conoció en sus descansos en el trabajo, poco a poco fue acercándose al banco donde ella se sentaba y finalmente todo era mimos y refriegas y ronroneos. 

El día que consiguió cojerla para esterilizarla se dieron a conocer los supuestos dueños. La tenían en el exterior de la casa, sin refugio alguno (R los días de temporal se metía dentro de una caseta que la voluntaria le había construído), al parecer la gata había aparecido por la zona y empezaron a tirarle las sobras de la comida. La señora avisó que no iban a pagar nada y cuando la voluntaria dijo que no, que corría a cargo de la asociación, se rió en su cara "Sí, mujer, sí, que va a haber gente que haga eso gratis". Pues sí, señora, hay gente que se deja los dineros en ayudar a animales que o no tienen dueños o quién se denomina dueño no se preocupa por ellos. Se la dejaron llevar con la condición de que la trajera de vuelta porque cuando los nietos que vivían en Holanda venían les gustaba jugar con ella. Pues eso.

Se esterilizó, se le extirpó un adenoma que tenía en la espalda y además se la desparasitó para quitarle las decenas de garrapatas que tenía en cabeza y cuello. No queríamos devolverla a quien la tenía en ese estado y tuvimos la suerte de que cuando se les dijo que ya la habían operado y se estaba recuperando, se desentendieron de ella. 

R pasó los días después de la operación en mi casa. Todo era miedo y bufidos. Si ignorabas los bufidos y te acercabas igualmente a tocarla, enseguida empezaba a ronronear, para luego empezar de nuevo a bufar. Las primeras 24 h fueron más o menos así:

Gata: me escondo de estos seres malvados que me hablan suavemente y me acarician porque en cualquier momento pueden hacerme daño, que ya sabemos cómo son los humanos. Sí, me escondo a pasar el postoperatorio en el lugar más frío de la casa, el garaje.

Yo: voy a ver dónde está la bicha esa, y a llevarle algo de latita, a ver si me la voy ganando.

Gata: bufido, ronroneo, bufido, bufido, me zampo la latita, cambio de escondite que la japuta esta me ha descubierto. 

Yo: la dejo un par de horas más y después la saco de allí por las buenas o por las malas, no puede pasar la noche en el garaje. Voy a ver donde se ha metido esta vez, que ya ha cambiado de escondite. 

Gata: me ha pillado otra vez, mírala y parecía tonta, bufido, bufido, pues no se asusta, algo tonta debe ser, ronroneo, me zampo el pienso que me ha traído, cambio de escondite, esta vez sí, a uno súperseguro que no va a encontrar. 

Y así. 

Finalmente conseguimos que dejara de hacer el tonto y esta es su cara de felicidad la primera vez que durmió sobre algo mullido y suave, después de crecer en la calle:


Se ponía entre Z y yo en el sofá y ronroneaba tan alto que no nos dejaba escuchar la película. Ahora se ha ido a una casa de acogida con posibilidades de adopción. 


C
Y nada más se fue R llegó C. Esta es la carita que traía. Con un herpesvirus atacando un ojito (en la foto no se aprecia bien pero tiene el tercer párpado tan inflamado que casi le tapa medio ojo) y con una rinotraqueítis que dejaba en ridículo a Darth Vader, con una forma de respirar que parecía un ronquido continuo.






Mientras C estaba acogida en mi casa algún desgraciado destrozó 3 veces las casetas y los comederos de la colonia de gatos donde fue capturada. Los que antes eran sus compañeros estaban asustados y esquivos. La supuesta razón es que entraban en los garajes y manchaban con sus patitas los capós de los coches. Y claro, si le destrozas las casetas donde se refugian del frío... ¿dónde crees, pedazo de anormal, que buscarán cobijo los gatos? En tu puñetero garaje, idiota. 

C tiene miedo. Dentro de la habitación dónde pasó los primeros días era un solete en cuanto cogió confianza (aunque le costó horrores entender que encima de la cama se estaba mucho mejor que a ras de suelo) pero en cuanto le abrimos la puerta se puso a maullar por la casa desconcertada. Pensamos que según fuera conociendo se le pasaría pero se desorientó y buscó un lugar donde esconderse. Tras pasar unas horas en el garaje (otra más) la fuímos guiando de nuevo para la habitación. Al día siguiente le abrí de nuevo y decidí que pasara la noche por la casa. Hay silencio y puede explorarlo todo con tranquilidad. ¿Qué me encontré a la mañana siguiente? Que había descubierto un agujero en la buhardilla que ni yo sabía que existía. 

La llamamos, pasó de nosotros. Miramos con una linterna y metiendo el móvil grabando a ver si por lo menos nos asegurábamos que estaba allí. No se veía un carajo. Mi temor era que el conducto conectara con otros y acabara la gata en vete tú a saber dónde. Ya me veía llamando a un albañil y mirando los planos del adosado, deseando que por lo menos no pudiese ir a parar 20 viviendas más allá (yo es que cuando me pongo en lo peor, me pongo a lo grande). Descubrimos que aún estaba allí por que le dejamos comida y dos minutos más tarde ya no estaba. Entonces nos dijimos que tarde o temprano saldría. Si no conseguiamos cerrar el agujero antes de que volviera a meterse optaríamos con la jaula trampa con algo de la latita que tanto le gusta. 

Horas después, estábamos tirados en cama haciendo planes de todo esto cuando oímos ruído en el arenero, ¡era ella! Pusimos en marcha el dispositivo y mientras yo metia tropecientas mil toallas en el dichoso agujero mi compañero la encerró en la habitación. O sea, que se fastidió su plan por una cagada.

Ni que decir tiene que durante esas horas la llamé de todo, me acordé de su madre y también de la mía, por parirme con esta facilidad que tengo de meterme en berenjenales. Cuando decidí ir a verla a la habitación, pensé que C estaría esquiva, asustada, escondida debajo de la mesita de noche como los primeros días... y me la encontré espatarrada encima de la cama, haciéndome la croqueta. 

Aquí la tenéis:



Ahora opta por meterse debajo del sofá, pero por lo menos la tenemos localizada. Si queremos darla en adopción tiene que aprender lo que es una casa y perder el miedo a los espacios que no conoce. Esperamos conseguirlo. Me preocupa de todas formas que quién la adopte deberá tener paciencia al principio, y no es que abunde la gente dispuesta a hacerlo. La mayoría quieren gatos ya sociabilizados, sin miedos ni desconfianzas, que no den problemas. A ver qué pasa, yo siempre pienso que acaba por aparecer la persona adecuada.

¿Seguís leyendo? ¿No os habéis dormido durante este tocho que he escrito hoy? :)